Conócete, acéptate, supérate.

El gusanillo de las carreras de montaña llevaba picándome un tiempo cuando oí hablar de la subida al Portazgo. Fue por Navidades, en una época en la que ya estaba estudiando para preparar los exámenes de Enero-Febrero. Al principio no le di mucha importancia pero conforme iban pasando los días de estudio y el cansancio mental se iba acumulando en mi cabeza, sentía que me estaba atrofiando, mis músculos pedían algo de acción y mis arterias algo de presión para arrastrar todo lo acumulando desde las navidades. Siempre que puedo bajo una vez o dos por semana a correr un poco por el barrio, y este año con el frío que hacía la bici la tenía abandonada, así que eso era el único deporte que hacía, además de las pachangas de los viernes claro.

Al final de la época de exámenes cuando ya estaba saturado de estudiar fue cuando me propuse de verdad apuntarme a la carrera, para desconectar como digo yo. De tal manera que me puse a correr un poco más en serio por las noches. Salía de estudiar y por mucho frío que hiciera intentaba salir a correr un día si un día no. A mi ritmo, sin presiones, para volver a coger fondo y relajarme un poco de tantas horas de biblioteca. Cuando terminé el último examen me puse más en serio. Me compré unas zapatillas de trail-running,

me apunté a la carrera y empecé a correr por zonas de tierra en jardines de Murcia forzándome un poco. Prácticamente así seguí hasta la carrera. Preocupado por la técnica y no sólo el físico fui al monte a hacer mi propio entrenamiento en solitario y desvirgarme en esto de correr por la montaña. Sólo hice dos test en el terreno y comprobé que por mucho fondo que tengas los músculos que utilizas bajando y subiendo no tienen nada que ver con los que usas corriendo en llano. La primera vez terminé con agujetas en cuádriceps, psoas y glúteos. La segunda hice la misma ruta en casi el mismo tiempo pero sin el posterior dolor. Los días antes a la carrera corrí por Murcia con menos ritmo y durante más tiempo. El último día descansé. En cuanto a la dieta, las últimas semanas intenté reducir la grasa para bajar algo de peso y los últimos dos días comí bastante más hidratos de carbono de lo normal para recargar las reservas de glucógeno. Intenté no obsesionarme mucho.

Y así, en esas condiciones me presento a la carrera. Mi único objetivo es acabarla, encontrar un ritmo conservador y ver hasta dónde puedo aguantar. Soy consciente de que es durísima pero al ser por montaña y por dónde pasa espero también disfrutar del recorrido y de los nuevos paisajes. Me levanto bien temprano, desayuno fuerte, y al ritmo de The Offspring llego a Cieza. La mañana está fresca y algo nublada. Mientras llego a recoger el dorsal y el chip me asomo por una calle para ver el río y veo el cauce cubierto de una niebla densa. Vuelvo al coche para ponerme el uniforme de gala y al volver a la zona de meta veo a dos compañeros conocidos. Primero veo al Fonty, del que me alegro un montón de verlo después de tanto tiempo, y más tarde a Chema Rubio. Con él comparto un rato antes de la salida, hablamos del tema de las carreras, calentamos, pero cuando dan la salida nos separamos para coger cada uno su ritmo y nos separamos. Yo prefiero ir a mi rollo.

Delante del arco de meta nos agrupamos todos los corredores y nos preparamos para que den la salida. En esos momentos todos estamos algo nerviosos, todos dan saltitos, se mueven y se frotan las manos. Desde donde estamos, alzo la mirada y veo sobresalir por encima de los edificios la cima de la Atalaya. Visualizo lo que sería subir por allí y un ligero escalofrío recorre mis brazos. En unos segundos que parecen horas se da la salida y comenzamos a descender todos por las calles de Cieza buscando el río. Las primeras calles tienen escalonasen sentido descendente. Muchos van hablando y riendo en estos primeros momentos de calentamiento. Cruzamos el río por un puente colgante en el que al pasar tantos a la vez hace que se balancee y nos haga perder el equilibrio. Algunos ya se veían chapoteando en el agua pero lo único que provoca son risas y comentarios de todo tipo entre los corredores. Yo mientras tanto sigo a un ritmo suave, entre los últimos, antes de empezar a subir la Atalaya. La primera parte es más fácil, por una senda ancha en la que se puede adelantar. La pendiente permite correr un poco, seguir andando rápido para recuperar, y volver a trotar un poco. Con este sistema continúo durante la primera fase de la subida y sin esforzarme mucho adelanto a mucha gente sólo andando rápido. Tras llegar a un pequeño descansillo comienza la segunda parte de la subida. Es más empinada, más estrecha, más pedregosa, pero uno de los tramos más bonitos de la ruta. La imagen de todos los corredores subiendo en hilera por la senda en un zigzag ascendente impresiona al público que sabiamente se había colocado en el descansillo de la carretera para ver el espectáculo. Aquí ya no se puede adelantar, no se puede por supuesto correr y al ir tan juntos tanta gente hace que a mitad de subida se forme un tapón y tengamos que parar para literalmente “hacer cola”. Aunque pudiera parecer que esto impacientara a los corredores, no lo hizo ni mucho menos. De todas maneras estábamos entre los últimos de la carrera y aquí se supone que nadie llevaba prisa. El descanso se aprovechaba para disfrutar de la vista y por supuesto gastar alguna broma de la situación de atasco. Lo único malo era que ya empezaba a apretar el sol y ahí quietos y juntos la sensación de calor aumentaba. De hecho me extrañó ver a mucha gente sin gorra ni gafas, pues hoy iba a ser un día más caluroso de lo normal. Al hacer un repaso de los que íbamos, me doy cuenta que voy delante de Chema, así que si durante ese tramo he adelantado a tanta gente con un ritmo normal podría adelantar a más gente si seguía así o más.

Con un poco de paciencia, se puso en marcha otra vez la cola de gente y los últimos metros los hicimos por lo menos los de mi grupo a bastante velocidad. Sin recuperar nada nos disponemos a descender a todo trapo para compensar el tiempo parados. Vamos todos bastante rápido, este tramo discurre por una senda entre el bosque en el que apenas entra el sol. Está muy empinada, y el desgaste de la senda por todos los que pasan por delante hace que esté polvorienta, pero al no haber gravilla las zapatillas agarran bien. Un detalle curioso y a la vez tronchante fue que pusieron unas cuerdas en las zonas más complicadas para que nos agarrásemos, pero en mi grupo estaban un poco locos y bajaban sin precaución ninguna. Lo mejor aparte de vernos bajar por allí, era oír lo que decían y cómo lo decían mientras bajaban. Que si las cuerdas esas no valían para nada, que si la senda la estábamos haciendo mierda con los derrapes, etc. Acostumbrado a tanto lenguaje culto y científico, el lenguaje rural me parece por momentos mucho más gracioso y divertido.

La empinada senda se convertía en una rambla súper juguetona con unos zigzags muy estrechos que hacen que si vas rápido te tengas que subir al peralte de la pared de la rambla. La misma terminaba como terminan los ríos, desembocando en el mar. Terminaba en una explanada muy ancha y por la que había que seguir ahora por una pista que picaba hacia arriba. A partir de ahí el sol daba de cara y el cambio de ritmo de bajar a subir me costó un poco cogerlo. En esos momentos me doy cuenta que la emoción me ha podido y he ido quizás demasiado rápido así que me pongo como objetivo ir a un ritmo más reducido hasta la cima del portazgo. Ya en el descenso si me encuentro bien le tiraré más. Paso el primer avituallamiento en el que me hidrato bien y me doy cuenta que manzana no volveré a coger en los sucesivos. Así seguimos unos kilómetros por pistas, en un terreno sube y baja, hasta que empezamos a subir sin parar dirección cima del Portazgo. En ese tramo me dejo adelantar por mucha gente, intento abstraerme del ritmo de los demás y cojo el mío propio, pero es muy difícil no tender a seguir a nadie. Durante la subida, el inicio no es muy empinado y vamos medio andando, medio corriendo. Me acoplo en un grupo y charlo con un veterano sobre lo locos que nos consideran los que no hacen deporte, especialmente los familiares más cercanos. Él me habla sobre su mujer y yo sobre mi madre y su incomprensión. Lo bueno también de esta modalidad es que permite ir charlando con gente si no vas a competir ya que al ser tan larga no puedes ir a un ritmo alto los 25 km. En un llano también alcancé a dos chicos aparentemente de mi edad y me quedé un rato con ellos a su ritmo charlando. Eran de Hellín. Los dos muy simpáticos y bromistas, mucho más que yo. De pronto llegamos a un descansillo donde había una fuente y la gente estaba en cola para beber o refrescarse. Muchos pasaban de la fuente, y yo pensé también en pasar de ella pues llevaba la camelbak y apenas había dado dos sorbos en los primeros 10 km de la carrera, pero me quedé acompañando a mis dicharacheros amigos y también para refrescarme la cara con el agua fresquísima.

Justo después de la fuente la senda se estrechaba y se empinaba mucho. En ese tramo me sacaron de mi ritmo. Intenté seguirlos pero me dí cuenta de que mi respiración estaba muy acelerada y mis piernas se estaban cargando demasiado y tenía que reservar para lo que quedaba. Dejé marchar a mis compañeros y digamos que me piqué un poco porque en la fuente los esperé porque a mí me dió la gana pero luego ellos en la subida se fueron y ni miraron hacia atrás. Yo seguí a mi ritmo un buen rato hasta que terminó la senda y llegamos al 2º avituallamiento en la pista. A partir de ahí empecé a volver a encontrarme bien y la pendiente me permitía ir a paso ligero y a veces al trote. Esta pista, a diferencia de la senda anterior te permitía ir mirando a tu alrededor. Me di cuenta de lo que había subido en escasos 20 minutos, y que la sierra del Oro no estaba nada mal. Me la imaginaba más pequeña. De ésta manera, sin apretar mucho, volví a alcanzar a los dos jóvenes. Les digo que me había desfondado en la senda pero que ya estaba recuperado. Sigo con mi ritmo y en menos de 5 minutos de ir con ellos, el más corpulento empieza a quedarse atrás. Él es el que lleva una riñonera con agua para los dos, y parecía que no podía seguir nuestro ritmo. Se fue descolgando poco a poco  y tras unos minutos de ir detrás nuestra le dijo a su amigo que lo esperara. Yo hice lo que hicieron ellos la otra vez, no esperarlos, ni mirar atrás. La verdad es que durante un buen tramo de la carrera casi me arrepiento de no ir con ellos ya que me encuentro más solo, pero me digo a mí mismo que hoy era un día para exprimirme, que ya tendría tiempo de disfrutar del monte tranquilamente con mis amigos. Así que seguí a mi ritmo, y yo diría que hasta la cima del Portazgo adelante a más gente que de la que me adelantó a mí. Cuando pasé el punto geodésico de la cima y ver que me encontraba tan bien me subió la moral y decidí apretar en la bajada.

El descenso fue casi todo senda, lo que hacía que las gafas por la umbría estorbaran, y al haber más irregularidades que en una pista las rodillas sufrían más. En los entrenamientos y en la carrera comprobé que dando pasos más cortos y sin saltar verticalmente durante el descenso sufrían menos mis rodillas aunque se me cargaran los cuádriceps. En las bajadas, vas corriendo, atento al camino, y no puedes separar la vista de él para ver el paisaje si no quieres darte un tortazo. Pero pese a ir corriendo a alta velocidad, por lo menos a mí no se me acelera el sistema cardiovascular. Es como descender en bici en cierto modo, el único esfuerzo que haces es frenar pero con los cuádriceps, pero se ve que no trabajan tanto como para subir. Adelanto a varios durante la bajada. Cuando veo que llevan un ritmo bajo pido sitio para adelantar si no me lo piden ellos antes. En un tramo me acoplo detrás de un hombre también corpulento y tras oír mi presencia acelera el descenso. En un tramo técnico lo dejo ir, hay muchas piedras grandes y no quiero caerme. Sin embargo el que se cae es él. Da un pequeño resbalón pero la única consecuencia es una pequeña herida en su mano. Le pregunto si está bien y le enseño mis guantes de ciclismo como consejo para proteger las manos en caso de caída. Él mismo me ofrece pasar delante. Sigo tirando pero no le dejo muy atrás.

En el 3º avituallamiento comienza un tramo de pista. Sigo descendiendo a buen ritmo aunque no tanto como antes, adelanto a uno o dos personas en ese tramo, y cada vez más me voy fatigando sin darme cuenta. De la emoción de la bajada y el ir pegado a algunos corredores durante la bajada ha hecho que me exprima demasiado y cada vez me sienta más cansado. Cada vez hay menos pendiente, hace más calor y noto la boca más seca. Durante la bajada he gastado toda el agua de mi camelbak y todavía me quedaba el 4º avituallamiento. A él llegué ya con mucha sed. Notaba cada vez más fatiga pero el ritmo lo iba aflojando con respecto a la fatiga, y no anticipándome a ella. Después del 4º y último avituallamiento empecé a sufrir de verdad.

No me acordaba de que en los últimos kilómetros había algunas subidas “trampa” y eso junto con que apreté demasiado en la bajada me pasó factura. La primera subidita la pasé al ritmo de los demás corredores. En la segunda ya me separé del hombre que llevaba delante y en la tercera subida y más dura, el sol daba completamente de lleno, no había ningún árbol y en ese tramo me vine abajo. Bajé el ritmo casi a paso de tortuga y me adelantaron por lo menos 3 corredores (uno de ellos el de la caída) a los que ya ni siquiera intentaba seguir. Sin darme cuenta había llegado a estar muy cansado. No era el cansancio extremo de una pájara, podía seguir corriendo, pero si el suficiente como para costarte mucho ponerte a trotar rápido. Era como si en vez de gasolina llevara diesel.

En cada cruce había un miembro de la organización que aunque tú no se lo pidieses te indicaba cuánto quedaba y te daban ánimos. La verdad es que animaban mucho sí, después de cada frase de ánimo trotaba con más gana hasta que me cansaba y volvía a andar. Después de la última subida fui casi todo el tiempo andando. En las bajadas tampoco me apetecía ponerme a correr y hasta me vino el bajón mental de preguntarme que qué coño hacía yo allí, o para qué vas a apretar si yo lo único que importa es acabar el sufrimiento como esa. Pero sin embargo en cada cruce al animarte los de la organización me ponía a trotar un poco, aunque estuviera muerto, por lo que la mente ya jugaba un papel más importante que el cuerpo. Ya llegando al río, llaneando, me daba cuenta que iba casi igual andando rápido que a trote muy ligero, pero sólo por la desgana, la desmotivación, y el calor que tenía en esos momentos no apretaba más. Es decir, como poder, podría haber tirado un poco más pero siempre uno quiere conservar un gramo de energía hasta la meta por si las moscas. Tras pasar el puente del río había una recta de unos 300 metros que hice completamente andando, y no fui el único. De hecho con mi paso incluso adelanté a una pareja que también caminaba un poco más lento que yo.

Por último quedaba por subir los escalones de una calle antes de enfilar la meta. Era la misma que al inicio y al ir subiendo como un anciano aquellos escalones recordé el contraste de 4 horas antes la vitalidad con la que los había pasado. Sólo miraba a los escalones y al suelo. Mi única preocupación era acabar como fuese, estaba molido. Enfilé la última calle, di una curva y en los últimos 100 metros antes de meta al ver a la gente me dio ánimos y terminé trotando y todo. Llegué reventado. Sin fuerzas.

Tras pasar la meta quería agua como fuese. Pese a llevar la camelbak y beber bien en todos los avituallamientos tenía sobretodo sed y hambre. Noté que cuando cogí el vaso de plástico para echarme agua la mano me temblaba y estaba un poco mareado. Había llegado muy justo. Aunque mi estómago me lo pedía, me bebí poco a poco (por lo de los daños en el cerebro) casi medio litro de agua y luego cogí dos bocatas de atún y sobrasada. Caí en una silla de plástico con mis bocatas y la botella de agua y aquello me pareció el limbo. Sin embargo al poco de sentarme me llaman por megafonía para que me acerque a la zona técnica. Me acerco, sorprendido, y me preguntan por la edad. Le digo que si que la información que ellos tienen es correcta y que si quieren les saco el DNI. No pregunto porqué me preguntan eso pero ya empiezo a sospechar. Sin embargo recuerdo que el año anterior los 3 primeros en mi categoría entraron antes de las 3:30 horas, así que yo veo difícil que haya podido entrar en el pódium, aunque no imposible.

Tras comer y estar un rato allí sentado recuperé bastante. Después fui a por otro par de bocadillos y a sentarme en un banco a la sombra más alejado de la zona de meta donde había menos gente. Allí me quedé hasta que empezaron a dar los premios. Primero los ganadores absolutos. Trofeo a las 3 primeros y una caja de vinos para el 1º. Luego féminas categoría absoluta, premios y obsequios. Después vino el turno de promesas masculino, y por megafonía dicen mi nombre como el 3º puesto. Me levanto como un resorte, cojo la camelbak y mientras me dirijo al escenario me digo a mí mismo: “Achooo la que he liao”. Una vez en el pódium me doy cuenta de que el peldaño del 3º puesto lo ha ocupado el 2º, le digo: “cámbiate que el 3º soy yo si no quieres que me den a mí tu trofeo”. Nos dan los trofeos, saludamos y sonreímos un poco para las foticos. Al terminar y mientras bajamos los escalones soy yo el que le pregunta a los otros dos cuánto tiempo han hecho, uno 3 horas y el otro 3:30. Yo les digo riéndome que he hecho casi 4 horas. Mientras volvía a la sombra, Chema que había llegado 15 minutos después que yo me aborda y me da la enhorabuena. La verdad es que no parezco muy emocionado porque no me esperaba ganar nada y ha sido como un regalo con mucha suerte. Al año anterior con el mismo tiempo habría quedado 4º o 5º de mi categoría.

Por último, para terminar la jornada como es debido nos acercamos a la zona de bebidas y cogemos un par de cervezas sin alcohol bien frías antes de volver a Murcia a descansar después de probablemente una de las jornadas más duras de mi vida.

Después de lo de hoy se me han quitado las ganas por un tiempo de volver a apuntarme a otra como ésta. Pienso que para no sufrir tanto habría que estar más preparado y yo no tengo suficiente tiempo ni ganas como para mantenerme en cierto nivel. Lo del trofeo para mí ha sido de casualidad y suerte, aunque me digan lo contrario. Lo que me apetece ahora de verdad es disfrutar como antes del monte con mis amigos en plan más tranquilo, con la bici, andando, o como sea pero sin tantos sufrimientos.

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Ración de Ricote para despedir el año.

Muchas semanas han pasado ya desde la última vez que los tacos de nuestras botas no pisaban la tierra de alguna sierra murciana, así que la ilusión por respirar el aire de la montaña era aún mayor. Antes de las navidades mi idea era patear algo de nieve por aquí cerca pero este año con el clima que nos ha tocado tendremos que conformarnos sin ella. Propuse una alternativa por la Sierra de Ricote que no parecía decepcionar, así que sincronizamos agendas y decidimos hacerla el día de Nochevieja con un par.

Pues bien, antes de que la luz solar apareciera por el horizonte ya me estaba preparando para ir a recoger a Silvia a Beniaján. Pueblo de gatos y ancianos a los pies del Miravete. Mientras la espero saludo a uno de los madrugadores lugareños que pasaba por allí para hacer algo de senderismo y entablamos algo de conversación mientras él espera también a su cuñado para acompañarlo en su ruta. Una vez que Silvia y yo ya estamos de vuelta a Murcia ella me enseña su nuevo iphone encontrado por la calle y me cuenta todas sus características y virtudes. Especialmente orgásmicas para mí son las aplicaciones para gps. Tarde o temprano yo también caeré. Me vician.

En La Flota esperamos casi media hora a los gandules. Llegan con retraso, pero como ya es algo normal, ni se nota. Los cuatro en el coche vamos hablando mucho pese al madrugón. Ya veremos si pasa lo mismo a la vuelta. Antes de llegar a Ricote una carretera bastante sinuosa nos adentra en pleno Valle de Ricote. Pasamos por Ulea, Villanueva del Río Segura, Ricote y tras pasar este último, ascendemos por una carretera de gravilla hasta la casa forestal de la Calera.

Al salir del coche notamos algo de frío en nuestras jóvenes pieles, algo a lo que el viento ayuda a potenciar. La casa forestal nos sorprende por las buenas condiciones en la que está y su explanada sur además de estar completamente rodeada de un manto de vinagrillo es muy amplia para aparcar. Saludamos a varios bikers que están sacando sus bicis de los coches y cogemos una senda que sale justo enfrente de la casa forestal. Los primeros metros son llevaderos, vamos por un cortafuegos y el camino es ancho incluso para ir dos bicis en paralelo. De hecho nos pasan un grupo de ellos y como el camino es tan fácil nos pasamos del desvío que tenemos que tomar. En dicho desvío hay que coger una senda que cambia radicalmente de dificultad. Es muy estrecha y sobretodo empinada. La pendiente hace que empiecen a correr las primeras gotas de sudor y la ropa empiece a sobrar.

Este tramo es casi idílico pues vamos atravesando un bosque muy denso y apenas podemos ver el cielo entre las acículas de los pinos. En algunos claros podemos divisar el valle de Ricote, sus limoneros en el margen del río y los picos simulando pirámides naturales que rodean a dicho valle que hacen que sea aún más bonita la panorámica. La dichosa senda nos hace descansar varias veces, lo que nos permite aún más disfrutar del paisaje y de las plantas. En una de esas Jesús recordó una frase de Pascual que me hizo descojonarme a tope: “Vete a zurrir mierdas con un látigo”.

Entre las charlas y las risas en cada parada se nos va un tiempo que luego echaremos en falta. Identifico varios tipos de enebros, mucho romero por supuesto, también mucha coscoja que me preguntó Jesús cuál era, algún espino negro y en la última parada me doy cuenta de que hay muchas sabinas pequeñas por todo el bosque. No doy mucho la lata con las plantas por si soy algo pesado para mis amigos pero soy consciente de que me he convertido en un pequeño friki de las plantas y para no cansarles llevo mis pensamientos en introversión. Cuando llego a mi casa empiezo a buscar cuál era la que vi, o a recordar el nombre de algunas. Y se siente cierto placer cada vez que no conoces alguna y la encuentras luego por Internet o en el libro.

Dejando el tema de las plantas de lado a mi pesar, la empinada senda que estábamos recorriendo al final nos conducía al borde de un precioso cortado donde ya podíamos divisar toda la huerta de Murcia y de Ricote a la vez. A partir de ahí comenzaba otra parte diferente de la ruta en la que hay que ir por la arista de la montaña, esquivando todo el rato

crestas, rocas, salvando escollos, subiendo, bajando y a veces hasta necesitábamos las cuatro extremidades para salvar algún paso. Esta zona de la ruta se la conoce como “Los Cuernos” y da honor a su nombre por la irregularidad de sus rocas. Tras este divertido tramo en el que también hacemos algún descanso más corto, empezamos a vislumbrar las antenas del pico Almeces y nuestra senda se introduce por medio de un cortafuegos del que no saldríamos si queríamos llegar hasta la cima. Alrededor de la senda, pese a no haber árboles que nos cobijaran, estaba llena de coscoja a tal punto de no ver el suelo y si fuéramos en pantalones cortos nuestros gemelos se habrían acordado de esas plantas por unos días.

Nuestro cortafuegos sirve además de atajo hasta la cima ya que cruzamos varias veces la pista que lleva hasta allí. El viento sigue siendo intenso pues vamos todo el rato por la arista de la montaña y eso junto al frío, hizo que Jesús sufriera de lo lindo con una lentilla rota que llevaba toda la mañana. Hasta que no logró sacar los fragmentos más grandes no aminoró el dolor. Y así con un ojo pseudoparcheado decidimos hacer la bajada por pista en vez de ir por una senda más estrecha y monte a través como teníamos pensado tras ver una ruta en wikiloc.

Nos quedaban unos 100 metros de desnivel hacia la cima pero no íbamos muy bien de tiempo así que decidimos no subir. Además la última parte del cortafuegos era muy empinada y aunque parecía corta, era dura. En vez de eso nos acercamos a un mirador recién construido que había allí cerca para recreamos un poco con las vistas y comer un poco. Hago negocios con Jesús y le cambio mis barritas de chocolate por un bocadillo de sobrasada que él llevaba. Cada uno tenía mono de una cosa. Juan también nos hizo probar su embutido que por muy seco que estuviera, las glándulas salivales al contacto con la sabrosa salchicha producían saliva de sobra para lubricar eso y una vaca si hacía falta.

Después de pasar casi media hora en el mirador nos pusimos nuestras mochilas para bajar hasta el coche por una pista que iba por la umbría de la sierra. A esa altitud se podían ver muchos pinos negrales y la estampa me recordaba a algunas zonas de Sierra Espuña. Como curiosidad, Silvia se encontró un papel escrito a mano con una descripción de una ruta de por allí. Alguien lo habría perdido. Al poco de ir por la pista nos cruzamos con una carretera y seguiríamos por ella todo el rato hasta el coche. Al rato se transformó en pista de tierra y siguió así la mayor parte del tiempo. En un parte nos encontramos unas curvas seguidas en herradura muy impactantes que eran imposibles de atajar por la pendiente. Durante el trayecto pudimos disfrutar mejor del paisaje porque la pista permite apartar la mirada del camino. Vimos paredes de roca espectaculares, picos afilados y hasta una roca que según Silvia tenía claramente la forma de una mano haciendo un corte de mangas.

Las paradas fueron mínimas, salvo una que nos entretuvimos un poco para echar una foto y se nos fue la pinza jugando con los trozos de unos cascos de obreros que había por allí. El resto fue dejarse llevar y tener paciencia hasta llegar a ver la casa forestal. Justo antes de llegar, como íbamos por la parte Norte pudimos ver un poco del embalse del Azud de Ojós que durante la subida nos tapaba la montaña. Lo último que nos gustó antes de llegar fue un puente de arco redondo con una altura sobrecogedora. Al asomarte daba hasta vértigo y nos invitaba a imaginar cómo sería hacer puenting en un sitio así. Una vez en el coche bajamos a Murcia sin miramientos para ir a comer lo que quedara en nuestras casas. Lo hemos pasado bien, aunque al final la ruta se nos ha hecho más dura y prolongada de la cuenta por los descansos de oso que hemos echado.

Durante la vuelta tengo que bajar el volumen de Enter Sandman y veo como mis tres compañeros caen irremediablemente dormidos como cordericos. Quizás sueñen con montañas y florecillas como yo. Pero aunque no sea así seguro que han disfrutado como niños de la espléndida mañana que hemos pasado.

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El asedio al castillo

Suena el despertador a las 7:00. Abro la ventana y está más oscuro que la boca de un lobo. Tengo que darme muchísima prisa si no quiero llegar después de las 8:00 a Alcantarilla, el lugar de quedada. Se que voy muy justo, pero prefiero dormir un poco más y luego ir con prisas que madrugar más. Si madrugo más me pasa lo de otras veces, me quedo 5 minutos más en la cama y al final me quedo durmiendo. Tengo todo preparado de la noche anterior. Llevo los bidones llenos de un brebaje especial antipájaras y anticalambres, pues la bici la he tenido abandonada un tiempo a la pobre. Desayuno potente y a las 7:40 me presento en la gasolinera del Rollo a ver si está Carmelo, el veterano organizador de la ruta que dijo que iba a salir desde allí. Viendo que no había nadie decido tirar por carretera hacia Alcantarilla y justo antes de cruzar la esquina veo unos bikers de los cuales uno de ellos me sonaba del foro, pero no estaba seguro. Tenía que haber preguntado.

Meto algo de desarrollo, llevo alta cadencia y a eso de las 8:05 llego al Mesón la Rueda de Alcantarilla, dónde me encuentro con gente del foro como Diegorro, Alberto, Moscovita, Forlas, Zankas, Pulpito, El cura, Chipe, Pepetrek, MacGregor y algunos más que saludo para conocerlos. Un rato después llega un grupo de 3 bikers con Chache Fran a la cabeza. Ellos eran los de la gasolinera, también habían ido a esperar a Carmelo, que al final lo vemos que viene en coche porque se le habían pegado las sábanas. A las 8:30 salimos un grupo de 12 bikers.

Durante los primeros kilómetros, comentan algunos que se van a volver antes, lo que quiere decir que el grupo se reducirá. La ruta planificada es coger la Vía Verde y hacer kilómetros hasta que lleguemos a los 50 y medio. Darnos la vuelta y llegar hasta los 101 km, por igualar la cifra de kilómetros de la famosa marcha ciclista de Ronda. En la Contraparada cogemos la mota del río y por allí discurriremos hasta llegar a Alguazas, dónde cogeremos la Vía Verde. A esas horas de la mañana hay una pequeña bruma que inunda el valle del río, aunque no es tan espesa ni espectacular cómo otras veces. No hace demasiado frío, la alta humedad del ambiente ayuda a estabilizar el Mercurio y el viento está casi ausente. Está muy nublado, es probable que esté así toda la mañana, así como que nos caigan algunas gotas de lluvia. La tierra húmeda produce un sonido característico bajo nuestras ruedas. Hay algunos charcos, pero no hay demasiada agua como para que se acumule el barro. Hace un buen día.

Me sitúo cerrando el grupo, justo detrás de Diegorro y MacGregor, a los que voy escuchando su conversación sobre temas ciclistas y experiencias de algunas marchas tanto en bici como a pie. Éste último es el que más habla. Todo el grupo va hablando pero él creo que se lleva la palma. Es que no para en todo el rato. Es entretenido ir detrás de él. Además va avisando de los baches, las ramas de las cañas y los charcos, lo que indica que también está muy atento a lo de delante y se preocupa de avisar a los de detrás. Por el contrario Diegorro es más tranquilo. Se limita a comentar algunas cosas para darle continuidad a la conversación pero en general actúa mejor como receptor. Se ha juntado el que mejor sabe escuchar con el que más habla. Y yo detrás como espectador.

Con tanta conversación y sin darnos cuenta, llegamos a Las Torres de Cotillas. Allí hacemos un tramo de carretera algo peligroso. Los coches pasan a una velocidad que te desestabilizan del viento que provocan. En un repecho, adelanto posiciones y me sitúo en el centro del grupo. Una vez ahí le doy conversación a un biker con la equipación de Moto 5 que no conozco. Una de las cosas que me cuenta es que hizo la Integral de la Cabra sin guantes. Se los dejó en coche y se acordó cuando ya llevaba 5 kilómetros. Lo pasó mal en las sendas. Me lo imagino y la verdad es que tuvo que ser muy duro aguantar una ruta tan larga sin guantes. Terminó con ampollas claro.

También mantengo contacto con Pepetrek. No lo conocía pero me sonaba de algunas rutas del grupo de Alcantarilla. Hablando con él llegamos a la conclusión de que no es la primera vez que coincidimos. Con los demás no abro mucho el pico. La verdad es que voy concentrado en llevar una buena cadencia intentando no perder mucha energía pues la ruta es larga y yo ni siquiera se si estoy preparado. Salimos de Alguazas y por fin cogemos la Vía Verde. Estos primeros kilómetros no están muy planos, la pista no está del todo arreglada y nuestras gordas ruedas y flexibles suspensiones trabajan a destajo para absorber los baches. Mientras pasamos un huerto de albaricoqueros presencio la típica escena en la que algunos de nosotros se separan para orinar en algún árbol. Si en las conversaciones normales suele haber risas, en estas ocasiones algunos comentarios perspicaces y carcajadas son inevitables. Tras un buen rato de pedaleo tomamos un pequeño desvío y llegamos a un cruce en una carretera. Allí nos separaremos del grupo que se va a dar la vuelta antes. Nos hacemos la foto de grupo y continuamos la ruta 7 bikers.

Antes de llegar a Campos del Río nos hacemos un pequeño lío, pues la Vía Verde a veces se fusiona en una carretera y otras veces se bifurca de ella. Pasamos despacio por las calles del pueblo y no hay casi nadie. Sólo algunos perros sueltos y los dueños de los establecimientos. La gente estaría durmiendo, aunque sería eso de las 10:00 ya. Cuando salimos de Campos del Río la pista está mucho más adecuada. Se nota que las máquinas han pasado por allí para dejar el piso bien liso, y así podemos meter algún piñón más para alcanzar mayor velocidad. Algunas rectas son enormes, pero con la velocidad y la compañía ni te percatas de lo monótono que en realidad es el camino si fueras solo. Otras veces la pista se encajona entre dos paredes. En una curva Moscovita nos dice que nos imaginemos que viene un tren de frente. Contesto que no tardaría en empezar a subir por aquellas paredes aunque fuera escalando, pues la sensación sería bastante agobiante. Durante esos kilómetros recuerdo una interesante conversación con Carmelo y Zankas que nos lleva a temas metafísicos como el sentido de la vida, la muerte, la salud, la enfermedad, la calidad de vida… No nos conocemos prácticamente de nada, pero la confianza es máxima, es lo bueno de salir con esta gente. Siempre se dice que lo mejor de estas rutas es la compañía. Como digo, el camino es el que permite ir charlando sobre cualquier cosa. No hay cuestas ni sendas técnicas. También hablo con los otros dos Pepes y Moscovita sobre temas ciclistas y de cosas más cotidianas y “normales”. Advierto que “el cura” es algo más reservado, haciendo honor a su nick, pero en el fondo luego compruebo que también es un cachondo como todos.

Frente a la monotonía de los grandes campos, algunos de cultivo y otros simplemente labrados, cruzamos en unos puentes muy altos varias ramblas que me impresionan mucho. Son dignas de parar a disfrutar un rato, pues el fondo está frondoso y hasta en una de ellas baja bastante agua. En una de ellas salen despedidos del puente muchísimos  pájaros negros, del tamaño de los mirlos, que estaban divisando la rambla desde allí en busca probablemente de algo para llevarse al pico.

Los kilómetros y las charlas van pasando hasta que divisamos el castillo de Mula. “El cura” de pronto dice de broma que si subimos al castillo de Mula y al principio nos lo tomamos a broma. Moscovita y yo tampoco habíamos estado y poco a poco hablando, vemos que la posibilidad de acercarnos no era descabellada. Propusimos la idea al grupo en serio y como la ruta estaba siendo muy monótona parece que esa alternativa le daría algún aliciente. Convencimos al resto y tiramos directos al centro de la ciudad. Desde el momento en que entramos a Mula los ánimos del grupo cambiaron. Una vez en el centro preguntamos por dónde se subía y tras equivocarnos en un cruce y preguntar a otra persona mayor de por allí, llegamos a lo que parecía el inicio de la subida.

Aquí algunos iban más picados que otros y al final nos separamos. Cada uno iba a su ritmo, yo me quedé entre los de atrás, por mi forma física y también para disfrutar del valle que había a nuestra izquierda. Era la parte de detrás del cerro, la cara norte, y desde allí se veía un pequeño valle con su huerta llena de limoneros y frutales en general. La pendiente no era muy excesiva y las curvas en herradura le daban un punto de entretenimiento a la subida, que al final se me hizo corta. Una vez arriba el castillo sorprende porque por esta cara parece mejor conservado que por la cara sur, la que da al pueblo, que parece que está más deteriorada. Nos dimos una vuelta por los alrededores, pero no pudimos entrar, ya que había una verja que lo impedía. Por dentro parecía también que estaba reformado, y seguramente la puerta esté abierta otras veces al público. Por momentos comprendes lo que llegan a sentir las personas de épocas antiguas que habitaban en el castillo. Allí arriba se tiene la verdadera sensación de dominación del territorio, es como si lo controlaras todo.

Nuestro objetivo ahora es parar en algún sitio a tomar un refrigerio. Y sin demorarnos mucho, emprendemos la bajada esta vez por el lado del pueblo, por un camino más zigzageante aún y con mucha más pendiente. Llegamos a la parte más alta del pueblo y pasamos por calles estrechísimas, curvas cerradas entre las casas y en muchas de las calles tenemos que jugar con los brazos para bajar algunos escalones. El descenso urbano se nos hace muy entretenido. Una vez abajo nos encontramos que es día de mercado y tenemos que atravesar toda una calle con puestos y gente. En la ida habíamos visto un sitio que Zankas nos recomendó llamado Restaurante El Cristo, y allí fuimos a parar. El sitio la verdad es que mereció mucho la pena. Dentro del restaurante había un patio exterior con sus parras y enredaderas para cubrir el sol. Estaba todo muy bien cuidado. Lo curioso fue que tuvimos que atravesar por medio del bar con las bicis, ante la mirada atónita de los que estaban en la barra y en las mesas.

Una vez sentados, lo que parecía un pequeño almuerzo casi se convierte en una comilona con mayúsculas. De beber pedimos un par de litros y una jarra de vino que según decían estaba de vicio. Para comer habría que hacer casi una lista porque fuimos pidiendo conforme se acababa la comida. Lo primero fue la magra con tomate. Para mí lo mejor, estaba realmente de muerte, tanto la magra como su salsa. Nadie tuvo que devolver al plato ningún tozo de fibra o grasa, lo que indica la calidad de la carne. Después llegaron platos de ensalada con tomate, olivas y tallos, embutido variado, migas, un plato de caracoles pedido expresamente por Moscovita y el petardazo final. Belmontes para todos menos para mí, y un chupito de un licor llamado Limoncello que aunque yo no soy de bebidas alcohólicas me gustó muchísimo. Muchos repitieron, y creo que la botella la dejaron vacía o casi vacía. No hace falta decir que durante todo el almuerzo hubo risas a tope. Aún así, con todo lo que comimos, algunos se quedaron con ganas de más. Había una barbacoa con brasas pidiendo carne para asar, pero menos mal que algunos paramos los pies a los más hambrientos. Antes de irnos el camarero nos preguntó dónde íbamos y cuando lo respondimos que todavía teníamos que volver a Murcia agitó las manos como cualquiera tras ver la hora que era y lo que nos habíamos metido entre pecho y espalda.

Para la vuelta ahora íbamos contentillos. Los primeros kilómetros de Vía Verde los hicimos a buen ritmo para coger calor, pues en el patio se nos había enfriado el sudor. Todos nos olvidamos lo de los 101 km, la verdad es que había merecido la pena el desvío a Mula. Al poco de salir tuvimos un pequeño pinchazo que reparamos en 5 minutos. Seguimos a buen ritmo casi toda la vuelta. Ahora hablábamos mucho menos, por el ritmo probablemente. Llegando a Alguazas nos desviamos por la carretera para ir más rápido y en unos repechos se dividió mucho el grupo y tuvimos que hacer varios reagrupamientos pues cada uno iba a su ritmo en las cuestas. Una vez en la mota del río seguimos yendo rápido, hasta que pasada la contraparada, en el desvío que iba hacia Alcantarilla yo me despedí para seguir hasta Murcia y los demás hacia el punto de partida.

Los 12 km de mota del río en solitario se me hicieron eternos. No había nadie y parecía que no pero el día me había pasado factura. Sabía que el ritmo de los últimos kilómetros no era el mío y de hecho ahora que iba yo solo, llevaba una velocidad un poco deprimente. Al no ir acompañado, percibía más cansancio. Al rato subí un piñón y al rato otro. Empecé a sentir los síntomas de la pájara, pero con el bajo ritmo que llevaba no me llegaba a dar el tío del mazo. El culo lo llevaba hecho un destrozo, y lo peor es que apenas podía levantarme para cambiar la posición en la bicicleta. La sensación que tanto andaba buscando ya la había encontrado, y menos mal que ha sido aquí, si llega a ser una hora antes habría retrasado a todo el grupo. A ritmo de caracol seguí unos kilómetros hasta que a la altura de la Raya me detuve a tomarme un plátano, tres ciruelas secas y un buen trago de mi bidón con sales. Fueron unos escasos 5 minutos bien aprovechados, pues después me sentía mucho mejor. De hecho, hasta parecía que me dolía menos el culo. Una cosa positiva es que no me dio ningún calambre, creo que fue gracias a la hidratación y sobretodo a la elevada cadencia que llevé todo el rato, pues con el escaso entrenamiento de mis cuádriceps, me podría haber visitado el tío de la hidroeléctrica más de una vez.

Ya al final, lo bueno es que se te alegra la vista cuando llegas a Murcia por la mota, porque poco a poco empiezas a ver la torre de la Catedral, el cuartel de artillería, el puente colgante de Calatrava, la entrada del Malecón, el Plano de San Francisco que en general es precioso con el mercado de Verónicas y el museo Almudí. Luego sigues y cruzas la Gran Vía, el Puente Viejo, el Hotel Victoria, la Glorieta, la Convalecencia. Como a esas horas (casi las 15:00) vas casi solo, valoras más los edificios que normalmente ni te fijas. Luego la calle Correos es un fijo para volver de una ruta en bici, la curva de la Merced que mola hacerla rápido, y ya poco más hasta la Flota dónde me espera una ducha caliente y un platazo de arroz que no se lo salta un galgo.

Sinceramente llevaba ya un tiempo queriendo hacer una ruta de éstas largas, una ruta de llegar a tu casa casi apajarado. No se si será por las endorfinas que se secretan tras el agotamiento pero creo que este tipo de rutas enganchan. En general este deporte engancha. Es diferente a los deportes de equipo, aunque para mí es más complicado pues se necesita más tiempo. Estaba una temporada sin salir y hoy he retomado todas las sensaciones que se pueden experimentar sobre la bicicleta. Y no sólo eso, para mí es muy importante el hecho de disfrutar de la compañía y las risas de la gente de la cabra. Cada vez me sorprenden más. Sin compañía salir en bici es mucho más aburrido. En fin. Hoy he terminado exhausto pero ha merecido la pena. Una nueva dosis de esta droga. Es lo que quería.

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De Calarreona a Calblanque y viceversa.

El día amanecía nublado y con amenaza de lluvia. Por si acaso me llevo el paraguas y el chubasquero en el coche por lo que pudiera pasar. Recojo a Juan y Jesús y cogemos la autovía dirección La Manga. No me hace falta GPS, ni para llegar al punto de partida ni para la ruta, pues es bien sencilla y la llevo bien estudiada.

Mientras llegamos a Calarreona, con el ruido del coche asustamos a una bandada de pájaros que salieron a volar todos en grupo. El día estaba perfecto, las nubes jugarían con nosotros durante casi toda la mañana, dejando pasar el sol a veces y otras cubriéndolo. Mientras nos cambiábamos el calzado, nos cruzamos con algunas personas paseando a sus perros. Sólo se oía el romper de las olas y la brisa de la mañana era fresca. Había mucha tranquilidad.

La primera parte de la ruta es lo más técnico. No para nosotros, pero sí si fuéramos en bici. Gracias a la humedad de la costa siempre van acompañándonos matas de todo tipo. La que más nos llamó la atención a todos con diferencia fue una planta con formas muy geométricas. Cada tallo se ramificaba por la mitad y de ese salía otro con el mismo ángulo que el anterior, de forma que al cabo de varias ramificaciones hacían un fractal casi perfecto. No pude ver su flor por no ser su época probablemente. La he buscado por mis libros, pero todavía no he logrado identificarla. Era muy parecida a una esparraguera.

Del paisaje terrestre que teníamos a nuestra derecha, sólo podíamos ver un manto verde oscuro que cubría todo. Ni un árbol se podía ver, quizás sea signo de que la mano del hombre no ha transformado mucho ese paisaje. Debajo de las plantas, las rocas volcánicas negruzcas se despedazaban en láminas al tocarlas. Muchas de ellas eran pizarrosas.

Después de las primeras cuestas de Calarreona, cuando llegamos a un punto alto de la ruta, tuvimos una buena perspectiva de la costa. Se podían ver varias calas. Si seguíamos alzando la vista, la tierra moría en Cabo de Palos y su gran faro. También se podía verla Mangay parte del Mar Menor, manchado por efecto de las nubes. Mientras continuamos por la única senda que discurría paralela a la costa, dejamos poco a poco de ver Cabo de Palos y nos adentramos en una serie de calas cuyo acceso sería casi impracticable. Nos encontramos muchos agujeros que parecían pozos muy profundos. Al asomarnos vimos que a una profundidad de unos50 metroshabía agua. Ese sería el nivel del mar y esos grandes agujeros puede que sirvieran de entrada a las minas. Daban mucho miedo y más todavía imaginarse ahí dentro.

El sendero en esta parte de la ruta era mucho más accesible. Cuando llegamos a la zona de Calblanque vimos a varios bikers y pensamos en la posibilidad de hacer alguna ruta en bici por allí. Nunca había estado en Calblanque y era más o menos como me la imaginaba. Una zona llana rodeada de cerros y con salinas en su parte más occidental. Nosotros no llegaríamos a la parte de las salinas, nos volveríamos antes. Mientras caminábamos por la pista que nos llevaría de vuelta, no podíamos siquiera ver la playa, ya que la altura de los matorrales impedía ver nada. Algunas palmeras le daban un toque árabe a aquella llanura. En un ancho del camino y sin llegar a acomodarnos nos tomamos un ligero tentempié y giramos hacia el interior. La segunda parte de la ruta sería un poco más aburrida, como casi siempre.

Sin embargo, algo hizo que se alargara en el tiempo. Primero nos encontramos con un cartel de “Cuidado abejas” y después otro. Justo al pasar el segundo cartel vimos muchísimos panales a un lado y otro del camino, pero debíamos pasar por allí para seguir nuestra ruta. Tras un buen rato de pensar y ver qué hacíamos decidimos tomar un camino alternativo por en medio de todo el matorral con el fin de evitar las abejas. Quizás fuimos demasiado miedosos, pues no nos encontramos casi con ninguna, pero por otra parte creo que hicimos bien, pues el camino pasaba a menos de 3 metros de los panales y si molestábamos a alguna y dentro había más estábamos vendidos.

El atajo por la maleza fue muy complicado. La densidad de las plantas era muy grande y era muy difícil ir por allí. No era sólo el hecho de ir esquivando o pisando espartos. Los matorrales llegaban mucho más alto, algunos hasta nuestra altura, y había que hacer muchos zigs zags para llegar a un punto. Los abundantes palmitos también ayudaban a complicarnos el paso.

Tras un buen rato conseguimos hacer un tramo que sin plantas podríamos haber hecho en menos de la mitad. Vadeamos una pequeña rambla y volvimos a nuestro camino. Desde ahí fue todo como esperábamos. Durante el camino nos encontramos una casa abandonada, rodeada de muchas paleras y una pareja de guiris que estaban descansando allí. El camino se convertía en pista, y la pista en senda. Así varias veces. Pasamos cerca de una nave muy cerrada, sin apenas ventanas y un poco después nos cruzamos con varios ciclistas que subían y luego otra chica que bajaba. En un momento nos plantamos en la carretera que nos llevaba a Calarreona y sin recrearnos mucho nos subimos al coche y nos fuimos. Con esta pequeña ruta de 3 horas echamos la mañana.

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9/9/11

Hay una bruma extraña, son las 11:30 de la mañana y unos 30 ºC así a ojo. ¿será la humedad de la huerta o será contaminación?

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Cañón de Almadenes

Es verano, y además domingo. Todo por Murcia está desierto, las bibliotecas cerradas y nosotros ya nos conocemos, no íbamos a poder estudiar mucho ese día así que en vez de estar tumbado en el sofá decidimos hacer una ruta que tenía en la ceja desde hace unos días.

La idea surgió gracias a un libro que me regaló mi madre justo antes de las vacaciones. Lo encontró por el trabajo y me dijo que tenían muchos de sobra. Era un libro de rutas de senderismo, bicicleta y piragua por los ríos y afluentes de la cuenca del Segura. Más a mi medida imposible.

La portada estaba dominada por una esplendorosa imagen del cañón de Almadenes, poco tardé en interesarme por esa ruta. Muchas otras rutas no sólo seguían el Segura sino también afluentes como el Tus, el Mundo, el Quípar, el Alhárabe, el Benamor, y hasta algunas ramblas. Las rutas en piragua también son interesantes, parecen refrescantes, aunque de momento me conformaré con leerlas.

Y así, propuse la ruta para el domingo por la mañana aunque por circunstancias de la noche anterior decidimos cambiar la ruta a la tarde. Por otras circunstancias, llegamos separados al lugar de quedada. Jesús y Juan con su frago por un lado, y yo por otro con mi Ibiza. Dejamos mi vehículo descansar en Cieza, y programamos los GPS hacia Almadenes, o cerca de donde se supone que salíamos. Esta vez yo no iba nada preparado, no me había mirado ni cómo se llegaba al punto de salida, ni los detalles de la ruta, sólo llevaba el libro (que no me había dado tiempo a fotocopiar) por si nos servía de ayuda. Juan programa su GPS y Jesús el mío, con una voz femenina en catalán. Quizás las risas y carcajadas al oír aquella voz nos impidieron concentrarnos en el recorrido, ya que en un tramo nos perdimos, y tuvimos que repasar el GPS y meter la directa que se nos hacía tarde para salir.

En una curva sin visibilidad tuvimos un susto. En realidad fue un gran susto. Si no fuera por la pericia de Juan nos hubiéramos empotrado con aquel turismo. Ya más tranquilamente, llegamos a nuestro destino, la Central eléctrica de Almadenes. Desde la explanada donde dejamos la furgoneta la vista es espectacular. Se ve el cañón justo enfrente nuestro, las dos paredes que delimitan al río son tan verticales que no hay ninguna senda o camino que pueda ir paralelo al río, que baja con fuerza. Debajo de nuestra explanada hay gente bañándose en una poza que hace el río. Allí termina el Cañón y el agua pierde su bravura. Ese espacio, según cuenta el libro es conocido como “El Gorgotón”.

Varias personas nos preguntan sobre las sendas de la zona, no conocemos mucho, y por lo que comprobamos, tampoco está muy bien señalizado. Tras equiparnos, comenzamos la ruta ascendiendo por la carretera que sube hacia una explanada en la parte alta de la central eléctrica. Juan mira su GPS en el móvil, ha grabado la ruta para que no nos perdamos, y yo mi libro. En el libro sólo viene una descripción de la ruta en texto, no viene ningún tipo de rutómetro como estaba acostumbrado en las rutas de bici, pero comprobamos que con unas pocas palabras, precisas y oportunas, se puede seguir la ruta perfectamente.

De momento vamos por la parte alta del cañón, siguiendo el río por su margen derecha. El sendero está aceptable, no parece muy trillado, pero tampoco es muy difícil seguirlo. Tras unos instantes de subida, volvemos a bajar para adentrarnos en un pequeño ramblizo que desemboca en el cañón. Hay que rodearlos, porque cuanto más cerca pasan del cañón más escarpados están. En un tramo de la senda pasamos por un sitio bastante peligroso, de esos que te suben la adrenalina, donde un mal paso te puede hacer caer más de 50 metros. Quizás lo pudiéramos haber evitado yendo un poco más lejos de la pared del cañón, pero la senda parece que pasaba por allí.

Tras pasar unos tres ramblizos más llegamos a una roca que se alza sobre la pared del cañón y disfrutamos de la vista hacia un lado y otro del cañón. El sonido del agua, pese a estar a más de 50 metros sobre ella es muy fuerte, así como el viento, que no da mucha confianza a la hora de acercarse mucho al precipicio.

Seguimos pasando ramblizos, unos seis o siete más, un sube y baja constante, siempre paralelos al río y al cañón que hace algunas curvas no muy pronunciadas. En una explanada, nos asomamos al precipicio y decidimos tomarnos un descanso y un bocado. Mientras estamos sentados, nos percatamos que en la parte Norte del Cañón no hay apenas árboles, por no decir ninguno, estaba todo cubierto por un manto de esparto y albardín que lo cubre todo. En nuestro lado sí que había muchos pinos y algo de sombra que nos venía bien a esas horas de la tarde. Entre esa estepa vemos una caseta, que a la vuelta veremos con más detalle lo que en realidad es. En medio de la pared del Cañón se adentra una cueva con un gran agujero de salida y unas escaleras con placas solares. Es imposible que eso fuera la entrada, ya que la pared estaba vertical y no había ninguna otra escalera hacia el río o hacia arriba. Justo encima de la cueva, ya en la superficie horizontal hay una placa de metal, que se supone conectará con la cueva.

Seguimos avanzando, siguiendo unos postes eléctricos algo alejados del cañón. Por momentos nos acercamos al cañón, hasta que por fin unos escalones nos introducen en el pasillo natural construido durante miles de años. Bajamos muchos escalones, más o menos rotos, pero todos hechos por la mano del hombre. En una de las curvas que hace la bajada Jesús se resbala y nos damos otro susto, pero no pasa nada gracias a que en dicha curva hay un arbusto que evitó la caída hacia Dios sabe dónde.

Ya nos va quedando poco para llegar a la altura del río, el camino está siendo entretenido, pero hay que estar con los ojos bien abiertos porque siempre vamos coqueteando con el precipicio ya que las escaleras no tienen ningún tipo de barandilla. En un estrechamiento, nos encontramos con que tenemos que pasar por un pequeño puente de hierro. La estructura férrea es corta, son unos tres metros de largo por medio metro de ancho, es como una vía de tren, sin nada para agarrarse. Para poder superarlo tenemos que ir a gatas sujetándonos a las barras laterales, parece demasiado arriesgado pasar por allí con sólo dos puntos de apoyo. Algunas bromas son inevitables.

Conforme vamos bajando los pinos van disminuyendo de altura, y aparecen otras plantas como enebros y lentiscos, de los que Juan se ve tentado a probar alguna de sus bayas de intenso color rojo. En una roca con buenas vistas nos paramos a observar los pájaros, son parecidos a las golondrinas, es probable que sean los famosos aviones, tan comunes en las ciudades. Ya casi al nivel del río aparecen las típicas plantas ribereñas como el baladre, las cañas, los álamos e incluso algunas higueras de inmenso tamaño. En un desvío bajamos al nivel del río y tomamos unas barritas y un momento de relax. Para tocar el agua del río hay que llevar cuidado porque las rocas no dejan mucho margen de maniobra. Jesús es el único que toca el agua del Thader, que no viene con el agua excesivamente fría según él. Quizás de tanto agitamiento no se enfríe demasiado, pues baja con mucha fuerza y hay muchas rocas que hacen que el agua nunca vaya con una trayectoria constante. Recuerdo que leí en el libro que para bajar por allí con piragua había que ser un experto en la disciplina. Dejamos que el sonido que produce el dinámico fluido al chocar con las rocas que encuentra en su camino nos hipnotice por momentos, que el fresco aire del valle acaricie nuestros sudorosos rostros, y que los pájaros nos reciten su particular sonata. El único factor que perturba nuestro placentero descanso son los mosquitos. A Jesús es al que más parecen molestar, intenta atrapar a algunos haciendo el Camarón de la isla pero lo único que consigue es que le piquen en la mano. Juan, que ha venido con toda la tecnología a punto prepara su cámara, hacemos unas cuantas fotos y nos vamos sin mucha demora ya que los mosquitos comienzan a ser insoportables y se nos va haciendo tarde. Puede que si hubiéramos salido por la mañana haya menos insectos, ya que prefieren salir durante el crepúsculo.

Seguimos nuestra ruta por el sendero que sigue por el margen derecho del río y nos encontramos con varias zonas con densísima vegetación. Hay que agacharse, apartar ramas de zarzamoras y cañizos, incluso ya sobran las gafas de sol porque la luz por allí ya no entra con ninguna facilidad. El camino es muy entretenido, a la vez que bello, ahora zigzaguea más y no hay peligro de caída prácticamente. Me encuentro con alguna que otra flor que llama mi atención, una liliácea blanca está justo al borde del camino, es fácil que no queden muchos ejemplares como ella, no me suena de verla mucho por el monte.

En un periquete nos plantamos en la presa de la Mulata, que suelta un gran caudal pese a ser verano. Al llegar allí Jesús comenta que esta estaba siendo la mejor ruta que habíamos hecho en suelo Regional. La verdad es que la ruta tiene de todo, es preciosa en cuanto a los paisajes por donde pasa y tiene un punto de dificultad que la hace a la vez muy entretenida.

Desde la presa de la Mulata tenemos que regresar al punto de partida por el margen contrario, pero esta vez lo hacemos alejados del cañón por un camino más rápido y cómodo. El paisaje durante todo este camino es el que habíamos visto desde la otra margen. Está todo recubierto como si fuera una alfombra de color canela, ni un árbol, y el relieve es suave, excepto a nuestra derecha, donde se alza una pequeña montaña.

Accidentalmente, nos descuidamos y hacemos unos metros extra por la carretera pero no llega a ser una pérdida de tiempo excesiva, de todas maneras vemos que va a ser casi imposible llegar con luz al coche. Tras salirnos de la carretera, el recorrido que tenemos marcado en el GPS indica que hay que ir campo a través. No es difícil, ya que no hay muchas pendientes y lo único que hay que hacer es ir esquivando matas de esparto. Al rato la caminata se vuelve pesada, un aburrimiento comparado con la primera mitad de la ruta. Ahora sólo vamos preocupados en llegar lo antes posible al coche, y el disfrute de antes se convierte poco a poco en preocupación.  Llaman mi atención las montañas que tenemos al Sur. El pico más cercano tiene que ser el famoso Almorchón, no hay duda, por el esquema de mi libro además. Detrás, hay como dos sierras más grandes, la más alejada tiene que ser la sierra de Ricote y por descarte, la otra más a la izquierda y cercana será la sierra del Oro. No conocía esta vertiente.

Durante la caminata, nos encontramos con la caseta que habíamos visto desde el otro lado. En realidad no era una caseta, era como un refugio que protegía una puerta que sería muy probablemente la entrada a la cueva de la Serreta, que era como se llamaba. Después leí que la cueva era una sima natural aprovechada por los hombres del Neolítico y que era famosa por sus pinturas rupestres.

Un poco después ya casi no quedaba luz, teníamos que echar mano del GPS más a menudo, y en una de las ramblas saqué mi linterna para ver por dónde podíamos pasar. Quedaba muy poco para llegar al puente que nos permitiera llegar a la margen dónde teníamos el coche. Teníamos el puente justo debajo de nosotros, pero en línea recta estaba claro que no se podía ir, había una caída de unos 20 metros. Una pequeña rambla que se acercaba al río nos engañó, parecía que bajaba hasta abajo pero estaba impracticable. Así que seguimos andando hasta encontrar un camino que nos permitiera por lo menos llegar al nivel del río. Jesús se puso al mando de la linterna y del grupo, y se puso a explorar. Parece que un camino desciende poco a poco hacia el puente. Otra vez falsa alarma. Un tanto desesperados, sacamos el GPS y más tranquilamente vemos que para poder bajar por allí tenemos que seguir andando como si fuéramos paralelos al río, y más adelante hay una curva en herradura que baja hasta abajo. Mientras íbamos para allá, nos encontramos con un camino bien definido, y por él continuamos hasta abajo. Menos mal que Juan llevaba el aparatico, si no, de noche, con una sola linterna y la breve descripción de mi libro, hubiéramos tardado muchísimo más en encontrar el camino de bajada. Una vez que encontramos la senda, fue de lo más tranquilizador. Aunque luego parezca que te lo has pasado bien buscando la senda, mientras estás ahí te sientes bastante perdido, y por momentos te puedes llegar a desesperar porque no sabes hacia dónde tirar. Calma ante todo.

Nuestra senda nos lleva hasta el nivel del río, dónde hay que esquivar matorrales, muchas zarzaparrillas pinchosas y bajar algunos escalones en la roca. Nos encontramos con la famosa poza, tiene muy buena pinta para el baño, aunque vemos que la gente que disfruta de sus aguas no valora mucho el entorno porque hay algo de basura por el camino. Pasamos por encima de unas tablas de madera, que cubren del fango y acto seguido cruzamos el puente.

Ya pensábamos que estaba todo hecho, pero sin querer nos equivocamos otra vez, al salir del puente en vez que girar a la izquierda giramos a la derecha, por instinto, y el camino nos llevó a una puerta un tanto siniestra de la central eléctrica. Justo cuando encontramos el camino correcto para ascender hacia el coche, el móvil de Juan dijo adiós. Ha cumplido su misión, se desconecta 10 minutos antes y tenemos que estar por allí dando vueltas una hora más buscando el camino.

Antes de apretar la llave de arranque, alguien se cercioró del paisaje que teníamos sobre nuestras cabezas. Pasadas las 22:00, y sin ninguna ciudad cerca, las estrellas y constelaciones brillaban más de lo que nosotros estábamos acostumbrados. Pudimos contemplar la vía láctea y Juan nos localizó la famosa Osa Mayor, en una constelación con forma de cazo que a mí me costaba encontrar. Y ahora sí, tras deleitarnos con las estrellas dimos la ruta por zanjada.

Espero que no se nos vuelva a hacer de noche en ninguna ruta. Y si se nos hace de noche, por lo menos espero que conozcamos bien el camino (o llevemos un buen GPS) porque por mi parte he pasado un mal rato viendo que no podíamos llegar al puente sin evitar aquel precipicio. A ver cuánto tardamos en volver a liarla.

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La invasión de las pelirrojas (Capítulo 1)

Sábado 9: Aranjuez Son ya las 9:30 de la mañana aproximadamente, llamo a Jesús para asegurarme de que va todo según lo previsto y no se ha quedado dormido ni nada por el estilo, ya que la noche anterior había … Sigue leyendo

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